El cielo no tiene fronteras.
Es un espacio abierto, infinito y maravilloso.
Su única regla es la hospitalidad: nubes, sol, viento, colores, rumbos, alas y posibilidades encuentran espacio en su inmensidad.
En esa libertad azul nadan también nuestros pensamientos, palabras, deseos, lo que nos emociona y las novedades que nos empujan a seguir adelante.
Pero el cielo no es solamente allí arriba. Lo puedes agarrar con lo ojos y llevarlo por donde quieras. Puedes tenerlo dentro de tí cuando todo vaya mal y hacerlo estallar cuando, al contrario, seas feliz.
El cielo es una caja.
Guarda las ideas que, hasta ahora, no te has atrevido a contar: y lo que solamente por la noche te atreves a soñar; y las palabras, todas las que tu voz no sabe decir, las que se paran dentro de tu bolí, silenciosas, asustadas, esperando de salir.
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Contarse es como atravesarse a sí mismo y después comunicar con los demás sin imposiciones, con el único deseo de conocerse y compartir.
¿Quién soy? Una pregunta difícil, aunque también agradable.
Amo las palabras, las historias que cuento y los amigos que me acompañan en ésta vida.
Podéis encontrarme en los colores de una flor que crece con obstinación a orillas de una carretera asfaltada.
Vivo en el cielo que se tiñe de naranja al atardecer, siempre diferente e idéntico a sí mismo.
Estoy en los cuadros que pinto, en el bolígrafo que uso cuando escribo, en el regalo que elijo como sorpresa.
Estoy en el agradable calor de un jersey en invierno y en la libertad de una camiseta veraniega bajo el sol caliente de agosto.
Me encuentro en las páginas de los escritores que adoro y en los fotogramas de una película que me conmueve.
Me pierdo en los ojos de las personas que amo y me encuentro en los de las que me hacen sonreír y saben reírse de sí mismas.
Soy las cosas que prefiero: la amistad, el silencio y la espontaneidad de una risa sonora.
Correr en moto con la visera del casco levantada y el viento azotándome la cara.
Hablar sin decir nada porque los ojos ya lo revelan todo.
Comer un bollo caliente y beber una buena cerveza.
Nadar en el mar salado del verano, aunque también en el turbulento y dulce de los sentimientos.
Pienso que la gente es como las olas: ni ganadora ni perdedora.
Simplemente olas.
Olas que me arrastran, que me fascinan, que me empujan y que me levantan.
Sin saber adónde llegaré.
Cada persona que encuentro es como una ola donde me zambullo de buena gana.
Me gustan las personas que sueñan, que sonríen, que viven en lugar de sobrevivir, que no se desmoralizan sino que, al contrario, piensan que el ocaso es un comienzo y no un fin.
Y no es cuestión de edad.
Me gusta muchísimo la curiosidad entendida como deseo de saber y no como entrometimiento.
A veces mis amigos dicen que soy tan curioso «como una mujer».
Y yo me río porque la curiosidad me parece algo bonito y, sobre todo, patrimonio de ambos sexos.
No me gusta tratar de usted sino tutear. Claro que siempre depende de cómo se haga, ya que, como decía J. Prevert : “no te enfades si te trato de tú, yo trato de tú a todos los que se quieren aunque no los conozca”.
Hoy me gusta ser adulto porque soy el fruto del chico que fui en su día. Ese chico que sintió el dolor, la alegría, la soledad, la desilusión, el deseo de reaccionar y la esperanza.
Nadie te escucha si no eres creíble, y lo eres cuando no escondes tu propio universo.
Me estremezco al comprobar que hay gente que me entiende y que se identifica con lo que escribo.
K. Gibran afirmó que «el sentido de un hombre no está en lo que consigue, sino en lo que le gustaría conseguir».
Y yo lo creo.